El velo perfecto
La religión no nació para liberar al espíritu, sino para domesticarlo. Fue el velo perfecto con promesas de cielo a cambio de obediencia y culpa.
El ser humano, incapaz de sostener la angustia de su libertad, proyecta su poder interior hacia una figura externa, un dios, un salvador, una autoridad suprema.
Así comenzó la renuncia, porque no se domina al hombre por la fuerza, sino fragmentándolo.
Y toda estructura que exige fe ciega teme al despertar de la conciencia. Y allí donde el ser humano recuerda que lo sagrado habita dentro, no fuera, comienza el fin de toda dominación.



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